Abro uno
de los archivos que por una u otra razón guardo para lecturas posteriores, tras
alguna búsqueda en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (uno de los
mejores proyectos culturales de este país), y veo: Prosa escogida / Antonio
Espina. En la Wikipedia (otro de los mejores logros culturales de la red)
busco a este hombre: Antonio Espina, nacido en Madrid en 1894, periodista,
republicano, depurado, exiliado...
La
historia que me sorprende agradabilísimamente es Luis
Candelas, el bandido de Madrid: una delicia de ironía, imaginación, gusto y
sabiduría literaria. Me produce gran congoja el hecho de que este nombre no me
sonara en absoluto; quizá lo haya leído en alguna antología, en algún apunte,
pero quedó perdido. He mirado en los catálogos para comprar y regalar, pero no
va a ser fácil porque las publicaciones parecen estar agotadas. En fin, compro
lo disponible: Pájaro Pinto y Luna de copas, una de las reliquias de
editorial Cátedra.
Luis Candelas: he disfrutado con él —más que
con sus dos novelas cortas— a ese nivel primario de introducirte en la vida de
otro; pero también, y mucho, con la escritura que incorpora recursos que, aun
hoy, resultan novedosos. Teniendo en cuenta que Antonio Espina acaba de
escribirlo en agosto de 1929, tengo que pensar que aquella espita creativa que
se abrió en la década de los veinte quedó taponada: vencida y desarmada, como
tantas otras energías.
Aparte de la capacidad para crear neologismos, tiene una
ironía depurada, puesta al día. Cuando Luis está a punto de descubrir a su “ángel de
amor” en una fiesta donde pasea su aburrimiento, el deslumbramiento se expresa
así:
La voluta
de humo del cigarro expande caprichosas formas en el aire. Cabelleras de
medusas, cendales diáfanos de las Mil y Una. Súbitamente, del surtir de elásticas
elipses en pausado, ceremonioso ascenso, emerge la mandrágora. De ella fluye
con inicial impulso, ritmos azules, la curva femenina: una pierna, el talle, un
brazo que ondulante se pierde y alarga hasta el plafón, cabellos de mies.
El tul se hace espeso, enmarañado.
¡El tul se hace espeso, enmarañado, caótico!
¡¡El tul, alrededor de Luis Candelas, se hace espeso,
enmarañado, caótico, irresistible!!
Mas, por último, se abre. Enmarca un óvalo de claridad, de
pureza, que poco a poco va abriéndose lenta, gradualmente —lo mismo que
(pensamos nosotros) el foco de luz de que ha de brotar la estrella norteamericana
en el écran moderno—, hasta que en el
centro de él aparece una mujer: Clara María.
¿No hay
aquí mucha miga? Recursos poéticos, pictóricos, cinematográficos; una amalgama
de sensaciones bien casadas, con un resultado brillante.
Además,
nunca se me hubiera ocurrido antes la idea de que el auténtico lord Byron español era Luis Candelas.
Tendré que volver sobre el libro porque está lleno de sugerencias, de
“elementos nutricios en el ambiente”, por citar una de sus frases simples y
afortunadas que me encantaría retener en la memoria, como ese “volteo teologal
de campanas”.
Esta
manera de enfocar al personaje, dentro del movimiento romántico que se
introducía en la sociedad madrileña, conlleva opiniones que trascienden la
anécdota del ladrón y conducen a otras consideraciones de mayor calado social y
literario. Creo que es el libro que mejor me ha descrito el romanticismo
“castizo”.
La
edición que al fin he encontrado es del año 96, sexta de una primera del año
41, con lo que supongo que el comentador lo es de esta. Es un ejemplo de
citador que comenta lo innecesario y enmudece cuando vendría bien una
aclaración.
Un
recordatorio: si no se encuentra el libro, se puede acudir a la nunca suficientemente
alabada Biblioteca virtual Miguel de Cervantes, con este enlace que lleva
directamente a la obra:
http://ow.ly/qJBg50CoYx2