jueves, 16 de julio de 2026

UN PUNTO DE REFLEXIÓN DE GEORGE LAKOFF

 

Leo en el periódico un artículo que menciona declaraciones de la derecha neofranquista apelando al ‘sentido común’ como aval de sus inmoralidades y me salta a la memoria lo que leí hace un tiempo en Puntos de reflexión, de George Lakoff, un libro muy recomendable publicado en 2008:

La gente utiliza marcos—es decir, estructuras mentales profundamente arraigadas que configuran nuestra comprensión del mundo—para entender los hechos. Los marcos están en nuestros cerebros y definen nuestro sentido común. Es imposible pensar o comunicar sin activar estos marcos. De ahí la importancia de enmarcar, de activar uno u otro marco. Las verdades tienen que enmarcarse para que se vean como verdades. Los hechos necesitan un contexto.

Así que el ‘sentido común’ no puede citarse como una realidad única y universal. No es un órgano biológico que nos venga de fábrica, sino que depende del sistema de valores que manejemos.

Los conservadores de EE UU, afirma Lakoff, se gastan desde hace décadas millones de dólares en ‘think tanks’, expresión que traducida al castellano para que nuestro cerebro procese mejor su significado, sería ‘laboratorios de ideas’ donde trabajan grupos de expertos que estudian y diseñan estrategias para instalar una determinada visión del mundo como realidad indiscutible.  Sin duda esta táctica les ha dado unos resultados evidentes, extendiéndose a través de los distintos medios por toda la esfera dominada por el capitalismo.

Por otro lado, el autor apunta una reflexión fundamental que nos puede ayudar a comprender y a comprendernos: hay muchísimas personas que tienen en unos temas una visión progresista y en otros temas conservadora. Son ‘biconceptuales’:

El «centro» biconceptual incluye en realidad a conservadores parciales, a progresistas parciales y a los indecisos (los biconceptuales en ámbitos no políticos de la vida y sin ninguna posición moral que fíje sus puntos de vista políticos). Los conservadores han entendido así el «centro» y han comprendido que los biconceptuales tienen ambas cosmovisiones. Usando el lenguaje conservador, repitiéndolo una y otra vez, han activado el sistema de valores conservador en lo más profundo de la gente, tanto entre sus bases como en los conservadores parciales. También repiten una y otra vez un lenguaje antiprogresista que acaba inhibiendo los valores progresistas.

No hay que negar perspicacia a los diseñadores de laboratorio. Propagan su ideología por medio de eslóganes de gran eficacia, que Lakoff denomina ‘marcos de superficie’, y calan en el terreno abonado machaconamente por los ‘marcos profundos’ conservadores. Y aquí podemos pararnos a considerar el último lanzado en la esfera neofranquista: “prioridad nacional”, frase que no apela al razonamiento sino a la emoción, por lo que es difícil demostrar con lógica la intención perversa que encubre.

Nos educaron en la creencia de que sólo existe un sentido común y que es el mismo para todo el mundo. No es así. Nuestro sentido común está determinado por los marcos que adquirimos inconscientemente, y el sentido común de una persona puede ser para otra una perversa ideología política.

 


jueves, 12 de marzo de 2026

UMBERTO ECO. "Pensar en la guerra"

 

Umberto Eco recopiló bajo el título Cinco escritos morales, varios discursos, artículos o seminarios escritos en la década de los años noventa. El primero de ellos: Pensar en la guerra, se publicó en La Rivista dei Libri en 1991, con la Guerra del Golfo, y su reflexión hoy es iluminadora.

Es evidente que Eco detecta las señales que ‘harán’ imposible la guerra al estilo clásico:

La antigua guerra era como una partida de ajedrez en la que, no sólo cada uno podía apuntar a comerle el mayor número posible de piezas al adversario, sino sobre todo a llevarlo (especulando sobre la manera en que seguía las reglas) al jaque mate. En cambio, la guerra contemporánea es como una partida de ajedrez en la que ambos jugadores (trabajando en una misma red) comen y mueven piezas de un mismo color (el juego no es blanco y negro, es monocolor). La guerra es un juego autófago.

Pasando a un argumento que consigue desconectar con una lógica de causa - efecto, que hoy ya no sirve para analizar el conflicto:

[…] la guerra no se parece ya, como las guerras de antaño, a un sistema inteligente «serial», sino a un sistema inteligente «paralelo».

Detallando el sistema inteligente serial, describe el mecanismo exacto por el que se rige la IA (y lo hace en 1991):

Un sistema inteligente serial, usado, por ejemplo, para construir máquinas capaces de traducir u obtener inferencias a partir de algunos datos de información, es instruido por el programador de forma que tome, sobre la base de un número finito de reglas, decisiones sucesivas, cada una de las cuales depende de una valoración de la decisión previa, siguiendo una estructura en forma de árbol,  constituida por una serie de disyunciones binarias. La antigua estrategia bélica procedía en ese sentido […]

Esta afirmación da para pensar que la IA ha nacido ya fuera de contexto, con todo lo moderna que nos parece. No es el modelo serial el que se sincroniza con nuestro tiempo, sino el paralelo, un sistema denominado «neoconexionista» o «de redes neuronales»:

Un sistema paralelo, en cambio, confía a todas las células de una red la decisión de encajarse en una configuración final según una distribución de pesos que el operador no puede decidir o prever por adelantado, porque la red encuentra reglas que no ha recibido previamente, se automodifica para encontrar la solución, y no conoce la distinción entre reglas y datos.

Aunque matiza la imposibilidad de controlar las respuestas en este sistema, concluye que sería mucho menos manipulable. Y añade:

En consecuencia, si la guerra —aun metafóricamente— es un sistema neoconexionista, se desarrolla y reorganiza independientemente de la voluntad de los dos contendientes.

[…]

Una vez conectada, una neurona emite señales eléctricas a través de un conjunto de conexiones de salida (llamadas axones) (…) Como el encendido de cada neurona depende de la actividad de muchas otras, no es fácil entender qué es lo que debe ocurrir y cuándo.

[…]

Si la guerra es un sistema neoconexionista, ya no es un fenómeno en el que el cálculo y la intención de los protagonistas tenga valor. Por la multiplicación de los poderes en juego, se dispone según distribuciones de pesos imprevisibles.

Pero estos promotores bélicos del siglo XXI se empeñan en seguir las dinámicas de las antiguas guerras, que monitorizaban a través de sus generales. Ahora, sin embargo, se han convertido en un juego autónomo que no consigue victorias ni derrotas, sino posguerras interminables (pienso en Afganistán, Irak  o Libia):

Pero, en nuestro siglo, es la política de la posguerra la que constituirá siempre y de todas formas la continuación (por cualquier medio) de las premisas planteadas por la guerra. Vaya como vaya la guerra, al haber provocado una redistribución general de los pesos que no puede corresponder plenamente a la voluntad de los contendientes, la guerra se prolongará en una dramática inestabilidad política, económica y psicológica durante décadas venideras, que no podrá sino producir una «política guerreada».

 ¿Entonces?

Y aquí se introduce el argumento del tabú. Ya sugirió Moravia que, si consideramos que después de siglos y siglos la humanidad decidió elaborar el tabú del incesto porque se dio cuenta de que la endogamia estricta daba resultados negativos, podríamos haber llegado al punto en el que la humanidad advierta la necesidad instintiva de declarar tabú la guerra. Se respondió, con realismo, que un tabú no se «proclama» por decisión moral o intelectual, se forma a lo largo de los milenios en lo más recóndito y oscuro de la conciencia colectiva (por las mismas razones por las que una red neuronal podría alcanzar ella sola, al final, una situación de equilibrio). Sin duda, un tabú no se proclama: se autoproclama.

 Rematando con una afirmación incuestionable

Es deber intelectual proclamar la imposibilidad de la guerra.